CATALINA DE ARAGÓN

24.11.2022

Yo, Catalina de Aragón, fui criada con la mejor de las educaciones, una vasta formación que seguí ampliando a lo largo de mi vida. Soy mujer de cultura y saber, infanta de Castilla y Aragón, hija de los Reyes Católicos. Esos mismos reyes que liberaron a Granada para convertirla luego en mi hogar de infancia. Yo, que tan sólo con cuatro años se me fue prometido un matrimonio fructífero con Arturo de Tudor, heredero al trono de Inglaterra. Ideal para mantenernos imponentes ante nuestro queridísimo vecino, Francia.

Una vida llena de oportunidades para mi patria... ¡¿y no te digo que me tuve que quedar con el pelma de Enrique?!

En 1501, con quince añitos recién cumplidos, joven y refinada, me dirigía a casarme con mi esposo. Allí, en la catedral de San Pablo, un maravilloso 14 de noviembre me convertí también en la princesa de Gales. Muy poco me duró la dicha porque mi exmarido no pudo soportar una infección respiratoria de nada (pudo haber sido peste, tuberculosis o sudor inglés, pero quién sabe) y ya con dieciséis años me había casado y me había quedado viuda.

A mi suegro no le agradaba la idea de devolverme con mis padres. No penséis que fue por el cariño que me tenía, lo de la dote sonaba mucho mejor (más que nada porque ya había sido gastada). Enrique VII se interesó por la idea de casarme entonces con Enrique VIII, pero era apenas un criajo por lo que habría que esperar y esa espera fue realmente eterna. Vivía recluida, con dificultades económicas para sostener mi casa y mis damas de servicio y, por si fuera poco, todo esto en tierra extranjera. Siete largos años después, en 1509, muerto ya Enrique VII, me casé con ese al que llamaban duque de York. He de reconocer, que no estaba tan mal, se podría decir que incluso le quería y él también a mí. Sin embargo, su ansia por tener un hijo varón rompía esos momentos de calma que solíamos tener juntos.

Me quedé embarazada en seis ocasiones, la mayor parte de mis hijos murieron a las pocas horas, días o semanas. Había y hay una pena en mí más grande que la que Enrique podía entender. En él yacía el dolor de la incertidumbre de la resistencia de su dinastía en la corona, en mí, el dolor de una madre. Sólo una de mis hijas llegó a la vida adulta, María, que probablemente la conozcáis como Bloody Mary, pero de ella casi que mejor no voy a hablar. El hecho de no poder haber engendrado un hijo varón resultó en un profundo rechazo por parte de mi marido. Se volvió un malcriado incomprensible... su mirada ya no se dirigía siquiera a mí, sino a esas damas de la corte con las que mantenía aventuras casuales. Pero todo cambió cuando conoció a Ana Bolena en el 1525, con ella todo era diferente. Enrique le escribía cariñosas cartas dirigidas a Francia donde expresaba todo su deseo por ella:

"Cuanto más largos los días son el sol está más lejano y, sin embargo, abrasa más. Así ocurre con nuestro amor, pues la distancia que mantenemos aún aumenta su fervor, al menos por mi parte."

Yo ya no era nada para él y ahí estaba, amándole como una tonta. Tal era su desfachatez que decidió crear el plan definitivo para divorciarse de mí y así quedarse con la francesa. Ese niño convertido en rey estaba tan encaprichado con la idea que recurrió incluso a la Iglesia de Roma. Trató de justificar mi imposibilidad de engendrar hijos sanos con mi anterior matrimonio con su hermano mayor Arturo, argumentando que ese casamiento anterior volvía impuro el nuestro, qué vergüenza.

Yo traté de quitarle esa idea de la cabeza, le juraba y perjuraba que nunca se había llegado a consumar mi matrimonio con Arturo debido a sus enfermedades y que por tanto mi unión con él era totalmente legítima ante los ojos de Dios y de la Iglesia. ¡Por favor, Roma estaba de mi parte! Yo tenía cierto favoritismo gracias a un acuerdo hecho por mi sobrino Carlos V con la Iglesia no mucho tiempo atrás. Sin embargo, a pesar de todos mis esfuerzos, ese poco hombre haría todo lo posible por ganar. A pesar de las prohibiciones del Papa, Enrique logró apañárselas. ¿Que qué hizo? Pues algo muy fácil y sencillo, uno sólo tiene que separar a Inglaterra de la Iglesia de Roma para conseguir lo que se propone. En 1533 se casó con Ana Bolena y fui relegada a "princesa viuda de Gales"

Regresé a España una vez muerta para mi enterramiento en Alcalá de Henares, muy cerca de mi amada madre, a quien tanto dicen que me parezco y de la cual me separé para siempre con esos bellos quince años, cuando tomé aquel barco que me llevaría a Inglaterra...

Siempre hice todo lo posible para ser aquello que mi pueblo y mi marido más necesitaban, y por ende yo siempre me consideraré la verdadera reina de Inglaterra. Aquella que el pueblo ama y aquella que ama a su pueblo, un amor que Enrique VIII nunca llegará a comprender. Solamente hay que echar una ojeada al final de Ana y sus cinco esposas más.


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